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Un poema de Javier Diez Canseco

El primero, y quizá el último, publicado en 1965 en la revista estudiantil "El gallito ciego".

Publicado: 2014-05-04

En 1965 un grupo de amigos publicó dos números de la revista mimeografiada El Gallito Ciego. La repartíamos en las funciones del cine club Champagnat y en la cazuela del Teatro Municipal, donde íbamos a escuchar a la Sinfónica Nacional bajo la conducción del maestro mexicano Luis Herrera de la Fuente. Publicaron sus poemas Lucho Hernández, Rodolfo Hinostroza, Mirko Lauer, Igor Larco y yo. Manuel Piqueras escribía sesudos ensayos. Y Javier Diez Canseco publicó este, su primer poema, y quizá el único. Una pluma clara, diáfana, rigurosa que cincelaba el hombre que sería a futuro. (Abelardo Sánchez León)

Defensa de una proclama

Tengo tanto,

tanto que decir,

y hasta esta frase me limita

pues ya otros la han usado

y ha dejado de ser original.

Más aún,

oídme bien,

diré lo que tengo que decir

a través de metáforas gastadas,

aprovechando palabras consumidas

contaré de sentimientos ya vividos,

y sólo encuentro,

oídme bien,

29 letras castellanas

para darle forma a mi mensaje.

Decir algo distinto,

crear lo diferente,

lograr aquello que no tiene antecedentes.

¿Es esto un imposible?

Y es que yo me pregunto:

¿Es nueva la vida,

el amor,

y la alegría?

Y es que yo me pregunto:

¿Es la soledad producto de este siglo,

es la angustia de una metáfora reciente,

es la muerte hoy en día algo nuevo?

Y es que yo me pregunto:

¿Ven mis ojos algo nunca visto,

son mis pelos los primeros en caerse,

es mi mente la única que sueña?

Y es que insisto en preguntarme:

¿Soy quizá el precursor de la tristeza,

es que nadie antes ha engendrado escalofríos,

acaso sólo yo le temo al miedo?

Formulo entonces mis últimas preguntas:

¿Qué de nuevo puedo yo decir,

cuáles son las noticias

que a la vida puedo dar?

Me respondo pensando

que la vida de cada hombre es diferente,

que todos somos aprendices

y maestros por momentos.

Trato pues de perfilar,

no de juzgar,

la fe y la alegría,

la esperanza y la tristeza

que puedo haber sentido.

Podría llamárseme egocéntrico,

sobrado o egoísta,

podrían señalarme con el dedo,

excluirme o rechazarme,

podrían más, quizá:

no llegar a comprenderme.

Explico entonces

que no soy un anormal,

que tengo reloj pulsera

y lo llevo puesto en la izquierda,

que siempre voy vestido

y que traigo billetera.

Atención,

también me peino

(aunque nunca me ha gustado la gomina),

fumo y uso anteojos,

ya lo ven,

hasta miope puedo ser.

He llorado en ocasiones,

y he sentido en otras

vergüenza de haberlo hecho,

he amado hasta el cansancio,

me he entregado muchas veces,

y he aprendido a distinguir

la franqueza de la risa

de una triste pantomima:

el tener que sonreír.

Además,

he sido único dueño

de aquellas tardes tremendamente grises,

y también he dominado

el azul de la alegría

y el fresco verdor de la esperanza.

Por último,

me es necesario aclarar

que el reloj tan sólo sirve

para darme conciencia del pasado,

que me visto para no escandalizar,

y que traigo billetera porque siempre,

casi siempre,

es necesario pagar.

Dicho todo está

salvo aquello de que:

ruego a todos

no me juzguen duramente,

es tan sólo el comienzo

de un pequeño testimonio de mi vida.

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Escrito por

Revista Quehacer

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