Un poema de Javier Diez Canseco
El primero, y quizá el último, publicado en 1965 en la revista estudiantil "El gallito ciego".
En 1965 un grupo de amigos publicó dos números de la revista mimeografiada El Gallito Ciego. La repartíamos en las funciones del cine club Champagnat y en la cazuela del Teatro Municipal, donde íbamos a escuchar a la Sinfónica Nacional bajo la conducción del maestro mexicano Luis Herrera de la Fuente. Publicaron sus poemas Lucho Hernández, Rodolfo Hinostroza, Mirko Lauer, Igor Larco y yo. Manuel Piqueras escribía sesudos ensayos. Y Javier Diez Canseco publicó este, su primer poema, y quizá el único. Una pluma clara, diáfana, rigurosa que cincelaba el hombre que sería a futuro. (Abelardo Sánchez León)
Defensa de una proclama
Tengo tanto,
tanto que decir,
y hasta esta frase me limita
pues ya otros la han usado
y ha dejado de ser original.
Más aún,
oídme bien,
diré lo que tengo que decir
a través de metáforas gastadas,
aprovechando palabras consumidas
contaré de sentimientos ya vividos,
y sólo encuentro,
oídme bien,
29 letras castellanas
para darle forma a mi mensaje.
Decir algo distinto,
crear lo diferente,
lograr aquello que no tiene antecedentes.
¿Es esto un imposible?
Y es que yo me pregunto:
¿Es nueva la vida,
el amor,
y la alegría?
Y es que yo me pregunto:
¿Es la soledad producto de este siglo,
es la angustia de una metáfora reciente,
es la muerte hoy en día algo nuevo?
Y es que yo me pregunto:
¿Ven mis ojos algo nunca visto,
son mis pelos los primeros en caerse,
es mi mente la única que sueña?
Y es que insisto en preguntarme:
¿Soy quizá el precursor de la tristeza,
es que nadie antes ha engendrado escalofríos,
acaso sólo yo le temo al miedo?
Formulo entonces mis últimas preguntas:
¿Qué de nuevo puedo yo decir,
cuáles son las noticias
que a la vida puedo dar?
Me respondo pensando
que la vida de cada hombre es diferente,
que todos somos aprendices
y maestros por momentos.
Trato pues de perfilar,
no de juzgar,
la fe y la alegría,
la esperanza y la tristeza
que puedo haber sentido.
Podría llamárseme egocéntrico,
sobrado o egoísta,
podrían señalarme con el dedo,
excluirme o rechazarme,
podrían más, quizá:
no llegar a comprenderme.
Explico entonces
que no soy un anormal,
que tengo reloj pulsera
y lo llevo puesto en la izquierda,
que siempre voy vestido
y que traigo billetera.
Atención,
también me peino
(aunque nunca me ha gustado la gomina),
fumo y uso anteojos,
ya lo ven,
hasta miope puedo ser.
He llorado en ocasiones,
y he sentido en otras
vergüenza de haberlo hecho,
he amado hasta el cansancio,
me he entregado muchas veces,
y he aprendido a distinguir
la franqueza de la risa
de una triste pantomima:
el tener que sonreír.
Además,
he sido único dueño
de aquellas tardes tremendamente grises,
y también he dominado
el azul de la alegría
y el fresco verdor de la esperanza.
Por último,
me es necesario aclarar
que el reloj tan sólo sirve
para darme conciencia del pasado,
que me visto para no escandalizar,
y que traigo billetera porque siempre,
casi siempre,
es necesario pagar.
Dicho todo está
salvo aquello de que:
ruego a todos
no me juzguen duramente,
es tan sólo el comienzo
de un pequeño testimonio de mi vida.
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