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javier diez canseco en la asamblea constituyente, 1979

Javier Diez Canseco y la renovación de la izquierda

Publicado: 2014-05-04

(Publicado originalmente en Quehacer 190, abril-junio 2013)

por Enrique Fernández Maldonado

(A mi tío Javier)

La muerte de Javier Diez Canseco conmovió profundamente a la izquierda local. Y no solo por la pronta desaparición del compañero y líder político (su despedida congregó a centenares durante tres días). Conmovió, sobre todo, por los balances de “fin de época” que se dieron en sus predios, y fuera también. Evaluaciones partidarias o independientes que ponen a contraluz trayectorias inconsistentes, conciencias rendidas, voluntades doblegadas de militantes activos y retirados, sobre todo de aquellos que lo acompañaron en sus primeras horas de lucha. Desempeños que se destiñen a la sola comparación con una trayectoria construida a base de convicción, tenacidad y compromiso con los necesitados. Una historia de valentía para investigar y denunciar lo distinguió de la medianía política de sus adversarios y correligionarios. Una mezcla de autoridad y legitimidad que otorga la honestidad y la consecuencia. La izquierda en su conjunto -la antigua y la nueva, si la hay- se interpeló dolorosamente frente a la figura de un guerrero (certera imagen de La República) muchas veces incomprendido. Una trayectoria política plagada de luchas, golpes y adversidades que nos confronta -hay que admitirlo- con nuestras propias vacilaciones y flaquezas. 

La desaparición de Diez Canseco, entre otras dimensiones, nos plantea el tema de la renovación en la izquierda peruana. No solo etaria, sino sobre todo política y cultural. Esta doble dimensión la expresó él mismo en sus pininos políticos como dirigente estudiantil en la Universidad Católica, liderando los vientos de cambio que trajo el surgimiento de la denominada Nueva Izquierda. Su rebeldía revolucionaria, inspirada en las resonancias de la Generación del 68 y la Revolución cubana, adquirió ribetes místicos con gestos de otra época: su trabajo de base con los obreros de La Oroya, con los campesinos de Puno, con las víctimas de la violencia política. Pero al mismo tiempo, Javier asumió los cambios operados a nivel global y en la propia izquierda: su discurso fue variando, que no es lo mismo que renegar de sus principios, hasta adaptarse a la nueva época (sí, la globalización) sin perder la fe en la Revolución (aunque esta se resignifica en un programa de cambios progresivos en la desigual estructura de oportunidades en la que vivimos). Fue un giro pragmático, casi de supervivencia. De reposicionamiento en un escenario adverso en el que, como señala Sinesio López, la izquierda debía cargar con la herencia del “terrorismo criminal, el populismo irresponsable, el despliegue del pensamiento único neoliberal y la caída del Muro de Berlín” en su tránsito hacia el nuevo siglo. ¿Se recompuesto la izquierda peruana de tremendo tsunami? Sin duda que no.

JDC en enfrentamiento con la guardia civil en la plaza de armas / del archivo de quehacer

El recambio generacional en la izquierda peruana cae de maduro hace tiempo, pero la ausencia de su máximo líder actualizó la discusión. Representantes de la generaciones (autodenominadas) de salida, como Antonio Zapata o el propio Sinesio, han dejado entrever algunos nombres que se vienen constituyendo como referentes en el medio. Algunos de ellos -como Marisa Glave, militante de Tierra y Libertad y ex regidora municipal- aparecen en encuestas de opinión donde se les indica como personajes del campo “progresista” (aunque el salto del reconocimiento citadino al nacional no es un asunto menor). Junto con Verónika Mendoza, congresista y ex militante nacionalista, forman parte de una nueva camada de dirigentes que toman la posta a los supervivientes de la Izquierda Unida. Posicionándose en sus respectivos espacios institucionales (el Consejo de Regidores y el Congreso de la República), ambas dirigentes han ganado reconocimiento y animadversión por sus posiciones principistas y progresistas en un escenario caracterizado por un marcado machismo, macartismo y populismo de derechas. Su presencia es saludable y hasta conveniente dentro del objetivo de la renovación de la izquierda peruana, aunque las preguntas centrales sigan sin responderse. ¿Renovación de qué y para qué?

No basta el romanticismo

De todas las reflexiones escritas a raíz del deceso de Diez Canseco, quiero destacar la de Carlos Mejía. Sociólogo sanmarquino y activista sindical, Mejía nos propone un balance generacional de la izquierda peruana polémico y provocador (1). En su opinión, la falta de norte en la izquierda local se explicaría por la ausencia de cultura política entre quienes se reconocen a sí mismos como “izquierdistas”. Su diagnóstico es frontal y casi no cabe matiz alguno: “La izquierda ha perdido en las últimas dos décadas casi todo lo que tenía de cultura política. Es decir, el saber compartid sobre ideas, conductas, prácticas y maneras de hacer las cosas. Mal que bien, de los 60 a 80 se dio forma a una manera de ´ser de izquierdas´, que a la fecha se ha perdido. Se ha ido, se ha mezclado, tergiversado y disuelto en muchas cosas y en nada”.

Mejía centra su crítica en la orientación que plantean algunos analistas (como Steven Levitsky) debe seguir la izquierda peruana -la famosa alianza paniaguista con el centro y la centro derecha- para tentar alcanzar el gobierno. Descree de ese tipo de fórmulas pues representarían, en la práctica, esa izquierda “responsable” que la derecha política y económica promueve y desea. Se inclina más por una fórmula a mediano y largo plazo, aunque eso implique moverse en los márgenes de la política oficial.

foto: archivo de quehacer / desco

Para nadie es un secreto que cualquier proyecto político de izquierda (con pretensiones de éxito, y no solo electoral) pasa por la organización política de los ciudadanos. Por la construcción de partidos políticos capaces de competir en la arena política. Pasa también por organizar a las masas, como decían antaño, haciendo trabajo de base con los sindicatos, las cooperativas, las organizaciones barriales o parroquiales. El poder popular de los ciudadanos residía en la agregación y confluencia de las organizaciones más cercanas – partidarias, laborales, vecinales, religiosas- en un frente nacional y popular. Ahí la izquierda tuvo un rol importante y tiene una tarea pendiente por retomar.

Pero es cierto también que el contexto es distinto. Que los ochenta pre-Muro de Berlín ofrecían clivajes más o menos sólidos -la guerra fría era como un software mental- que orientaban la acción colectiva e individual de los militantes de izquierda, muy al margen de su filiación partidaria. Ese contexto ya no existe. Se reconfiguró. Y lo que vino fue un proceso de transformación global y sistémica que modificó irreversiblemente las estructuras cognitivas, sensoriales y comunicativas de la especie humana. Nada menos. Un capitalismo tardío o neoliberal que sin desaparecer las contradicciones estructurales del capitalismo industrial (por el contrario, las profundiza), nos plntea nuevos escenarios de disputa que exigen otros repertorios de lucha: complementarios (no alternativos) a los tradicionales. Porque, bajo el actual contexto del comercio internacional, resulta tan o más estratégico para la lucha por los derechos laborales la organización sindical y la capacidad para hacer huelgas, como las alianzas estratégicas con consumidores, medios de prensa y organizaciones internacionales. Y en eso la comunicación virtual (y masiva) juega un rol clave. Si no, que lo cuente Aznar luego de las movilizaciones masivas en Madrid convocadas a punta de celular luego de los atentados de Atocha, o el propio Obama luego de capitalizar el uso de las redes sociales en su primer triunfo electoral, por mecionar solo dos ejemplos.

¿Significa eso arriar las banderas del radicalismo de izquierda? 'Cómo deben posicionarse los militantes de izquierda frente a agendas tan variadas como relevantes en el objetivo de mejorar el funcionamiento de las sociedades y sus instituciones con criterios de justicia y equidad social? ¿Qué papel adquiere la lucha por los derechos ambientales, de las minorías étnicas o la diversidad sexual dentro de una agenda de cmabio promovida por la izquierda? ¿Cómo encarar la militancia izquierdista en un país donde la mayoría de los jóvenes se debate entre la precariedad laboral y las tensiones de una sociedad fragmentada y excluyente, subsumidos por el pragmatismo y la sensualidad del consumismo fácil y evasor?

Mejía no brinda pistas certeras para encarar este reto. No resulta fácil hacerlo. Optar por la militancia política partidaria siempre será una acción que acumula y posiblemente nunca reste. Pero la izquierda debe dar muestras de tener capacidad de empatía con las necesidades y preocupaciones de los ciudadanos. Con sus imaginarios y lenguajes. Especialmente con los ciudadanos más jóvenes. Aquellos que se comunican con ss pares a través de las redes y la telefonía celular. Quizá el partido político no sea -para estos sectores mayoritarios- el “instrumento” más idóneo (ni único) para expresar sus identidades, demandas y deseos irresueltos. Por lo demás, la lucha política no se resuelve -exclusivamente- en la arena de las instituciones representativas de la democracia. Involucra, en definitiva, otras esferas de la vida social donde ciudadanos bien informados y sensibles a determinadas problemáticas pueden operar políticamente desde un ordenador, sin necesidad de militar orgániza y activamente. Y, de paso, golpear al poder establecido. Ser ajenos o desconocer esta realidad equivale a entregarle el campo de batalla al enemigo. De esto también la izquierda será responsable.

(1) “JDC o lo que perdimos en los últimos años”. En: http://www.sindicalistas.net

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